Vivir Muriendo

Entre olvidados caminos y piedras desgatadas
se acunan mis sentidos.
Solo en el silencio de las noches musito una canción
para acallar la soledad y evitar
el sentir de miles de pájaros queriendo entrar por mi ventana.
Prefiero imaginar las olas del mar que van y vienen
para no alimentar mis instintos más perversos.

Y es que la soledad infecta las heridas del alma
porque el sucio rastro de la vida
impregna en nuestras almas retorcidas la carcoma.

Es el olor húmedo del silencio un extraño ser que te llama
para buscar el viento del sufrimiento.
Es difícil huir de esa tormenta que te infecta el alma
porque a lo lejos, la sombra del diablo se cuela entre tus huesos
y nos hace respirar el aire nauseabundo
que rodea el muro del rencor.

Luego nos llega la ira,
la de saberse abandonados, deambulando por lechos de muerte
donde el silencio nos grita desesperadamente que marchemos.
Y es que nada nos queda, solo la rabia de lo que pudo ser y no fue,
de lo que nos queda por sentir.
Porque la ira desatada por el odio nos embriaga el alma.

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